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miércoles, 10 de agosto de 2011

Mía

Mis dientes sonaron como conchas que se estrellan contra la roca - crujiendo entre sí los imaginaba chocando lentre sí desprendiendo pequeños fragmentos que salen despedidos hacia mi lengua como cuchillos diminutos, la saliva arrastrando los pedazos embarrados de sangre espesa dificil de tragar hacia mi garganta, raspandola poco a poco.

Los minúsculos meteoritos moviendose como en cámara lenta redefiniendo las copas de mi dentadura - saboreaba la sangre de mis labios hinchados y partidos, un sabor metálico y de odio - los nudillos cumpliendo el papel de demodelora se desplazaban velozmente, sin que pudiera predecir sus movimientos. Golpe y sacudida... un momento de oscuridad y regresaba a la realidad de la paliza.

El quería matarme y como yo no sé pelear lo estaba logrando sin problema. Era como si hubiera ensayado el momento muchas veces en su mente - él tenía su plan trazado y lo ejecutaba tal si fuera un ballet. En cada golpe odio y desprecio, una factura que debía ser cobrada con violencia, sin treguas ni negociaciones.

Poco a poco mi fuerzas fueron cedieron, unos pasos torpes e inútiles que no lograban esquivar los embates, mi rodilla toco el suelo - habría pronto un ganador - un honor seria resarcido por la vía mas primitiva y natural que tiene el ser humano.

- Ella es mía - repetía cada vez que la falta de aliento lo obligaba a detenerse. Golpear puede ser agotador, pensaba, pero su devoción lo mantenía alerta.

Suya, de su propiedad. Como quién va a la carnicería y compra un pedazo de carne o quien recibe una caja de cartón llena de piezas sueltas, tornillos, arandelas y un pequeño manual de ensamblaje. La pieza A se ensambla con la B, la cabeza va arriba, las tetas en el medio y la ropa interior bien putica, negra, de encaje que se vende por separado para disfrute exclusivo del propietario de la princesa.

Ella cometió el de error enamorarse - ambos culpables de traspaso a propiedad privada, invasores, delincuentes. Sus lesiones debieron ser suficiente advertencia - el sello de aduana pero preferí creer la historia del resbalón en la ducha.

Mi rostro un ring de boxeo viejo y despedazado, la otra rodilla cae al suelo; me hinco como quien se rinde pero él no desea prisioneros - pienso que tal vez haya descargado toda su furia en mí aunque existe la posibilidad de que aun necesite renovar la visa sobre la propiedad de quién cree ser amo.

Por que las marcas en su cuerpo se borraran con el tiempo y la mente inevitablemente recobrara el sentido, la idea de escapar de su jaula, intentar ser libre, ser vista como un ser humano.

foto: www.istockphoto.com